

El sol salía despacito sobre la granja del sur de Francia. Las amapolas se abrían, las cigarras se desperezaban en los pinos y, como cada mañana, el Capitán Jack subió al tejado del gallinero.
Infló el buche, levantó la cresta, abrió bien el pico y…
—Cuic.
Nada más. Ni un solo quiquiriquí.
El Capitán Jack tosió, carraspeó y volvió a intentarlo:
—Cuiiic…
Aquella mañana, nadie se despertó a su hora. Ni las gallinas, ni Joe, el viejo caballo, ni siquiera las vacas de la granja vecina. Todos durmieron, durmieron y durmieron… hasta que el sol ya estaba bien alto.

Matilda, la pollita dorada, abrió un ojo y luego el otro.
—¡Oh! ¡Pero si ya es de día!
Buscó con la mirada al Capitán Jack. Estaba hecho un ovillo en un rincón del gallinero, con la cresta caída y una cara tan triste que a Matilda se le encogió el corazón.
—El Capitán Jack ha perdido la voz —susurró Océane, su mamá.
—Pues no está tan mal —refunfuñó la abuela entre bostezos—. ¡Por una vez he podido dormir hasta tarde!
Pero Matilda no estaba nada contenta. Claro, el Capitán Jack cantaba desafinado. Claro, gritaba «¡Arriba, soldados!» todas las mañanas. Pero sin su quiquiriquí, la granja ya no parecía la granja.

Como siempre, Oscar ya la esperaba al otro lado de la valla, sentado sobre sus patas, con la cola bien esponjosa.
—¡Eh, Matilda! Esta mañana pasa algo raro, ¿verdad? ¡No he oído al gallo!
—Justamente —dijo Matilda—. Ha perdido la voz. ¡Tenemos que ayudarlo!
—¿Ayudar al Capitán Jack? —se sorprendió Oscar—. ¿El que grita «¡A las armas!» cada vez que me ve?
—Sí, ese mismo —respondió Matilda cruzando las alas—. Está muy triste.
Oscar se rascó la oreja y luego sonrió:
—De acuerdo. ¡Vamos a ver al Maestro Herculus, él lo sabe todo de todo!
Y, ¡hop!, Matilda se escabulló por la tabla floja de la valla. Por una vez, no hacía falta tener cuidado: el Capitán Jack estaba demasiado triste para vigilar nada.

Los dos amigos corrieron hasta la gran casa en lo alto de los árboles.
—¡MAAAAESTRO HERCULUS! —gritó Oscar.
—¡MAAAESTRO HERCULUUUS! —añadió Matilda.
El viejo búho asomó la cabeza, se dio un golpe con el marco de la puerta —¡bong!— y bajó revoloteando torcido.
—¡Ah, mis jóvenes amigos! ¿Qué puedo hacer por ustedes?
—Es el Capitán Jack —explicó Matilda—. ¡Ya no tiene su quiquiriquí!
Herculus entornó los ojos, ladeó la cabeza y respondió con aire muy sabio:
—¿Caquis? ¡Pero si hay montones en los árboles! El caqui, saben, es una fruta naranja y dulce de la familia de las ebenáceas, que crece en árboles de hojas grandes y…
—¡No, no! —se rio Matilda—. ¡CAQUI no! ¡QUI-QUI-RI-QUÍ!
—Ooooh —dijo el búho—. ¡El quiquiriquí! ¡Pero eso es muy grave!
Oscar se sujetaba la barriga de tanto reír.

Herculus los hizo pasar a su despacho, lleno de libros polvorientos. Sacó uno enorme, sopló encima —¡pfffff!— y desapareció en una nube de polvo.
—¡Achís! ¡Ah, aquí está! «El jarabe de las voces perdidas». Necesitan tres cosas: una cucharada de miel dorada, un cuenco de agua fresca de manantial, y todo debe calentarse a fuego muy suave, pero muy, muy suave, porque si no, el jarabe se quema.
Matilda y Oscar se miraron. Habían tenido la misma idea al mismo tiempo.
—¡Galileo, Hector y Flamme! —exclamaron.

Primera parada: el árbol hueco de Galileo, el osito travieso.
—¿Miel? ¿Para salvar la voz de un gallo? ¡Por supuesto! —dijo Galileo abriendo un tarro.
Metió una cuchara en la miel, la sacó toda dorada y chorreante… y, sin querer (bueno, casi), se la metió en la boca.
—¡Galileo! —exclamaron Matilda y Oscar.
—Uy —dijo el osito, con los mofletes pegajosos—. Era para comprobar que estaba buena. Está muy buena.
Llenó una segunda cuchara y esta vez la vertió en un tarrito bien cerrado. Gina, su mamá, metió además unas galletas de miel en la mochila de Matilda, «para el camino».

Segunda parada: el río, donde Hector el castor trabajaba en su presa.
—¿Agua de manantial? La mejor corre justo detrás de mi presa. Pero para llegar hay que tirarse por… ¡el tobogán!
—¡Yupiii! —gritaron Matilda y Oscar.
¡Fiuuu! ¡Splash! ¡Plof!
Se deslizaron, salpicaron, se deslizaron otra vez (solo para estar seguros), y Hector llenó un cuenquito de corteza con el agua más clara y más fresca de todo el bosque.

—¡Cuidado, que no se derrame! —dijo.
Oscar llevaba el cuenco concentrado como un campeón. Ya no caminaba: se deslizaba de puntillas.

Tercera parada: la cueva de Flamme. Y para llegar, había que pasar por los túneles de Dadou.
Dadou, el topo, los recibió ajustándose las gafas.
—¡Síganme, amigos! He cavado un nuevo atajo. ¡Y miren!
En una viga nuevecita había tallado al Capitán Jack… con el pico bien abierto y el cuello estirado, cantando.
—Lo hice ayer —dijo Dadou—. ¡Todavía no sabía que iba a perder la voz!

Las piedras luminosas alumbraban el camino. Cruzaron el viejo puente de madera (esta vez Oscar no saltó encima, por el cuenco de agua) y encontraron a Flamme dormido a orillas del lago, roncando como una pequeña tormenta.
—¡Flamme! ¡Te necesitamos!
El dragón abrió un ojo, reconoció a sus amigos y se le iluminó la cara.
—¡Amigos míos! ¡Qué alegría! Se quedan a merendar, ¿verdad?
—Primero hay que calentar este jarabe —dijo Matilda—. Pero el Maestro Herculus dijo: a fuego muy, muy suave.
Flamme tomó aire profundamente y…
—¡NO! —gritaron los tres amigos a la vez.
El dragón se detuvo en seco, con los mofletes inflados.
—Ay, perdón. La costumbre.
Entonces sopló muy despacito, como cuando soplas una vela de cumpleaños sin querer apagarla. Una llamita azul bailó bajo el cuenco. La miel se derritió en el agua, el jarabe empezó a brillar como el oro y un olor delicioso llenó toda la cueva.

—¡Y ahora, a merendar! —dijo Flamme.
¡Puf! Apareció una gran mesa llena de bollos calentitos, tartas de manzana y, por supuesto, grandes jarras de jugo de manzana.

De regreso, al salir del bosque, oyeron una voz maravillosa que resonaba entre los pinos:
—La la laaaaa… Tri tri triiii…
En una rama, una pequeña cigarra con un diminuto pañuelo rojo cantaba con los ojos cerrados.
—¡Hola! —dijo Matilda—. ¿Quién eres?
—¡Soy Chanterelle, cantante de ópera, para servirles! Doy un concierto cada noche en los pinos. Y ustedes, ¿qué llevan que brilla tanto?
Matilda le contó toda la historia. A Chanterelle se le movían las antenas de emoción.
—¿Un gallo que ha perdido la voz? ¡Pero si ese es mi oficio! El jarabe está bien. ¡Pero un jarabe y una clase de canto es todavía mejor!
—Solo hay un problema —dijo Oscar—. ¿Cómo hacemos que el Capitán Jack se tome el jarabe? ¡Si se entera de que Matilda sale del gallinero, la castigará para siempre!
Todos se pusieron a pensar. Mucho rato. Muchísimo rato.
Y entonces a Matilda se le ocurrió una idea.
—¡Joe!

En la granja, Joe, el viejo caballo, escuchó el plan moviendo las orejas.
—Normalmente hago ruido para alejar al Capitán Jack del abrevadero. ¿Y ahora quieren que lo lleve hasta allí?
—¡Exacto! —dijo Matilda—. ¡Una distracción al revés!
Joe se rio tanto que se le escapó un relincho.
Mientras Oscar vigilaba, Matilda vertió muy despacito el jarabe dorado en el rinconcito del abrevadero donde el Capitán Jack siempre iba a beber. Chanterelle, por su parte, se escondió en la higuera, justo encima.

Entonces Joe se acercó al gallo y, con voz muy seria, le dijo:
—Capitán, un jefe tiene que reponer fuerzas. Debería beber un poco. El agua del abrevadero está especialmente buena esta tarde.
El Capitán Jack, demasiado triste para discutir, trotó hasta el abrevadero y bebió un sorbo. Luego otro. Y luego otro más.
—¡Mmm! Sabe a miel… —murmuró.
Y justo entonces, desde la higuera, Chanterelle empezó a cantar muy bajito:
—Do… re… mi…
Sin darse cuenta siquiera, el Capitán Jack abrió el pico y repitió:
—Do… re… mi…
¡Había recuperado la voz!
—Fa… sol… la… si… ¡DO! —cantó Chanterelle.
—Fa… sol… la… si… ¡DO! —cantó el Capitán Jack.
Y por primera vez en su vida… ¡cantaba afinado!

Se quedó boquiabierto y miró a su alrededor. Pero solo vio a Joe, que mordisqueaba inocentemente una brizna de paja.
Mientras tanto, Matilda ya se había escabullido por la tabla floja.
—¡Buenas noches, Oscar, hasta mañana! —susurró.
—¡Hasta mañana, Matilda! —respondió Oscar moviendo la cola.
A la mañana siguiente, el Capitán Jack subió al tejado, infló el buche y lanzó:
—¡Quiquiriquíííí!
Un quiquiriquí perfecto. Redondo, suave, alegre. Tan bonito que las gallinas aplaudieron con las alas, Joe relinchó de alegría y hasta las vacas de la granja vecina mugieron un «¡bravo!».
Matilda, por su parte, sonreía en secreto.

Pero al día siguiente…
—¡QUIQUIRIQUÍÍÍÍÍÍÍ! ¡ARRIBA, SOLDADOS!
Tan desafinado como antes. Puede que incluso un poquito más.
—Pero, Capitán —preguntó Océane—, ¡ayer cantaba usted tan bien!
El Capitán Jack sacó pecho:
—Una voz afinada es muy bonita. ¡Pero no suena lo bastante a jefe!
Todo el gallinero se echó a reír. Y Matilda rio más fuerte que nadie.

Aquella noche, por el lado de los pinos, se oyó a Chanterelle dar su concierto. Y en algún lugar a lo lejos, en la oscuridad, alguien tarareaba con ella… un poco desafinado, pero con mucho corazón.
Matilda se acurrucó contra su mamá y contó bajito para dormirse:
—Uno… mamá, dos… abuela, tres… abuelita, cuatro…
Pero antes de llegar a Manon, se le cerraron los ojos.
Se durmió soñando con jarabe dorado, con un búho que confundía las frutas y las canciones, y con una pequeña cigarra de pañuelo rojo.
✨ Fin… ¡pero no por mucho tiempo!